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Nos quedamos solos...

 
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Cuchi Leguizamón
Nos quedamos solos...
Pablo Wittner
Especial para Raíces Argentinas

"Me voy quedando ciego / la luz titila en mis huesos / sólo la noche derrama / tu esperanza en el silencio / dorado, herido, / por lunas que pasan cantando", escribió el Cuchi Leguizamón hace muchos años, cuando empezaba a perder la visión. Es a través de esa letra que se puede intuir que el salteño tuvo en sus últimos años mucho sufrimiento, y quizás el único consuelo ante su muerte sea pensar en su alivio, y en el de su Tata Dios –en el que no creía-, claro, si tal como prometió ahora está afinándole las campanas.

Hacía más de un año que uno sabía que en cualquier momento podía sonar el teléfono y una de tantas voces podía informarle que el Cuchi se había ido. Sin demasiados cuidados especiales, iba pasando sus últimos días entre su habitación y la de fríos sanatorios salteños. Su piano, estático, seguía esperando que alguien –y quizás le habría correspondido a SADAIC- comprendiera lo importante que había sido para la música popular, y dejando miserabilidades a un lado desembolsara algún dinero para que al menos la muerte de su dueño lo encontrara afinado. Pero no fui así, del mismo modo en que muchas cosas no fueron como debieron ser. El Cuchi Leguizamón sufrió de un olvido horrendo, más allá de que durante la última década la dignidad –y el buen gusto- de muchos intérpretes lo hayan cantado hasta el hartazgo. El día después de su fallecimiento, en las notas de los diarios se explicaba y se contaba quién había sido el Cuchi Leguizamón, y lo triste es que hiciera falta. Las últimas generaciones de argentinos nunca escucharon mencionar su nombre, y aunque él mismo dijera alguna vez que el máximo objetivo al que pueda aspirar un artista es que sus canciones se conviertan en anónimas, su caso es quizás la demostración más lúcida del descuido que suele tener la cultura argentina hacia sus más grandes artistas.

En la actualidad se suele hablar de un renacimiento del folklore, y se muestra a Soledad y a Los Nocheros como exponentes máximos de este movimiento. Es llamativo que ni ella ni ellos canten jamás canciones del Cuchi. Este hecho, en realidad, habla de una banalización de la música popular, de una simplificación macabra. Está bien que no lo canten, entonces. Es coherente, ya que el Cuchi fue todo lo contrario, fue ir hacia donde nadie creía que se podía, fue buscar armonías olvidadas y ritmos inexplicables. El Cuchi cambió, por ejemplo, la estructura de la zamba, dándole a la vidala y baguala del noveno compás vida propia. El Cuchi dejó boquiabierta a la música misma con chacareras como la del Aveloriado, o la de la Muerte. El Cuchi enamoró a más de una pareja de muchachitos tímidos –y de esto puedo dar fe- con zambas como La Pomeña, o Si llega a ser tucumana. El Cuchi nos cambió la cabeza, y ahora nos dejó solos.

Ahora andamos aveloriados, y vaya uno a saber cuánto tiempo nos dure. Andamos por la calle sin entender bien qué pasa, los autos nos tocan bocina cuando, con la vista perdida, cruzamos la calle por cualquier lado. Y, en realidad, lo que sucede es que andamos recordando sus versos, y en nuestra cabeza no hay lugar para otra cosa. "Cuando muere un angelito, la fiesta dura dos o tres días, porque los vecinos lo piden prestado para cantar", dijo alguna vez. La semana pasado murió un angelito, un duende, o como se lo quiera llamar. ¿Qué se hace, cómo se sigue? Iremos corriendo a alguna de las pocas disquerías buenas que quedan en Buenos Aires a agotar el disco de Melopea, para escuchar su voz y su piano una vez más. Promoveremos homenajes, con el amargo sentimiento de que quizás, una vez más, lo habremos hecho tarde. Iremos en procesión a Salta para, con el oído gastado de escuchar tanta mala música en las radios, afinarle el piano. Compraremos todos los discos que saldrán en su honor –algunos, hay que decirlos, han salido o sido planeados antes de su muerte, con las mejores intenciones-. Agarraremos la guitarra y cantaremos acerca de Eulogia Tapia, o de la Inesita, pobrecita, tan solita. Le cantaremos al vino canciones de cuna, hasta quedar bien machaditos. Recordaremos sus anécdotas, las reales y las mitológicas, hasta ver cómo él mismo se va convirtiendo en mito. Escucharemos sin cansarnos las historias que nos cuenten quienes han tenido la dicha de conocerlo. Recorreremos arcoiris para ver si lo encontramos al final, sin la olla con oro, porque no hace falta. Caeremos en la cama de la viuda, tan pedigüeña de amores, temblando de miedo. Y, pese a tantos esfuerzos, nos seguiremos sintiendo solos.

 

Pablo Wittner

pablo@lamaga.com.ar

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