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Pato Gentilini

EN EL RUMOR DEL ZONDA
Por Roberto Espinosa
Una zamba trastabilla en el aire y se asienta en el ombligo de las mesas. Voces en abanico sorprenden la melancolía. Los acordes se le disparan por los dedos. El piano crece en pensamientos. También en sentimientos. Luis Víctor Gentilini va enlazando los duendes en algún bosque de su alma y por los cogollos la música va despertando. Por el trago de la noche los amigos van saliendo y en la puerta de la luna beben el vino azul de un recuerdo. Se derraman en mi nombre como blandos duendes ebrios y una copla desvelada rompe mis ventanales de sueño. Cuando mueren ya las sombras de la noche acorralada, mis amigos se van yendo solos con el bostezo del alba... Ay, amigos de la noche, cavadores de guitarras, llévense mi pañuelito, mi pañuelito del alma, y en la puerta de la luna canten madrugadores de zambas...
Un rumor de zonda amodorra la siesta catamarqueña. Es 14 de setiembre de 1931. Por el humo del cigarrillo se encarama la alegría de Luis Enrique Gentilini, descendiente de itálicos. Su hijo acaba de nacer. Mi padre era tucumano, comerciante, noctámbulo, gran fumador, abstemio en extremo, amante de la bohemia, chapuceador de guitarra; murió cuando yo alcanzaba los 12 años. Mi madre, casi profesora de piano, tocaba de vez en cuando; me crió con envidiable libertad. Tuve una infancia feliz. Me desestabilizaba el zonda persistente con su arena inclemente. Gozaba de las escasas sudestadas que preanunciaban lluvia en las madrugadas del verano y esa sensación de placer intenso que invadía la somnolencia en los catres abiertos en los patios por los impiadosos calores.
El Pato Gentilini asoma la nariz en un vecino boliche, donde dos guitarreros sanjuaninos desbarrancan cuecas y tonadas. Su madre le compra un piano, pero él ya ha visto en seis cuerdas latir la vida. Contrariando la idea de mi madre, mis padrinos me compraron una guitarra y me hicieron tomar algunas lecciones.
Esa magia
Apenas 13 años tiene cuando en Tucumán recibe un impacto. En LV12 Yupanqui lo cautiva con su magia. Años después, una tarde de invierno de 1961, estábamos con César Dozo en la peña Chirola. Yo tocaba pausadamente la guitarra cuando entró don Ata. Se acercó, saludó casi susurrando y se sentó en nuestra mesa. Cuando terminé el tema, abrió el fuego y me preguntó: Œ¿Toca Sor? ŒNo, toco de oído, pero conozco sus obras. Desde entonces nos vimos todos los días en el mismo lugar y el afecto duró más de 30 años.
1952. Manuel Acosta Villafañe lo cuenta entre sus Arrieros del Valle. Guitarrista y pianista. Ya en Tucumán se involucra en Los Shalacos, luego en La Salamanca; más tarde con Portal y sus cumpas. 1961. Un cuarteto masculino da a luz y lo bautiza Huayna Sumaj. Las voces florecen en quinteto, sexteto, octeto. Grabaciones. Recitales. Creo que hay mucha gente que aprecia lo que hago. Jamás produje nada con el propósito de ser conocido. Produje para tratar de descubrirme a mí mismo y así brindarme a los demás, mal o bien, pero con total autenticidad.
Dos maestros
Eduardo Cerúsico, el Chivo Valladares, dos maestros. El Pato va al encuentro de los poetas, sacude su corazón y deja caer zambas, chacareras, huaynos, milongas, tangos. Siempre he tenido pasión por la música de cualquier género. Pongo mucho interés en el jazz, el tango moderno, el folklore instrumental y todo lo que tenga una conjunción entre los fundamentos del contenido: la calidad formal y el respeto por el creador.
Por la ventana de la vida una zamba resucita. Los pájaros sobrevuelan acordes, despabilando un recuerdo. La barba de Manuel J. Castilla se ha sentado en el silencio, desnudando coplas sobre el teclado. Arriba están las estrellas, bulla del cielo, abajo yo estoy mirando la flor del fuego. Igual que el humo las penas se me van yendo, yo les estaba contando... ya no me acuerdo. Ojos de tigre, el fuego vela el hachero, lo tapa con las cenizas de los recuerdos...²

Roberto Espinosa
respinosa@lagaceta.com.ar

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